martes, 11 de noviembre de 2025

Isolda 44

OBJETOS EMPLEADOS:

Pipa, libro, retrato de mujer, máquina de escribir, paraguas, vela, carta, barco de vela, papel arrugado, sombrero azul.



SU TRASFONDO


Escarlata Winterson nació en un lugar poco común, un barco de vela que navegaba por el océano congelado de Miraak, cuyo destino siempre desconoció. Su madre murió en el parto y Escarlata creció huérfana, criada por un anciano ciego que le dio nombre y le enseñó cartografía y literatura.


Cuando Escarlata tenía diez años, el barco echó el ancla en una ciudad portuaria llamada Stragasto. En su gran mochila de lana verde se asomaban por las rendijas del tejido un diminuto monedero de piel de corzo y siete libros, sus imprescindibles. El anciano le encomendó una importante misión: conseguir cuarenta monedas de plata, pues con ellas podría comprarse su primera máquina de escribir, y él se encargaría de instruir mecanografía. El anciano no le dio ni claves ni consejos, pero sí le obsequió con tres monedas de oro, y le prometió que con ellas llegaría lejos. Escarlata, que no había visto un centavo en su vida, sostuvo el monedero entre sus manos y apretó los puños, rezando por el futuro y por que el anciano llevase razón con aquello de llegar lejos. Pasó entonces quince días mendigando, y al decimosexto, una mujer con un extravagante y pomposo vestido azul cielo se agachó, se quitó unos brillantes pendientes de plata y perlas y los dejó en el suelo, justo en frente suya, después marchó en silencio. Con todo el dinero que consiguió, compró una máquina de escribir, papiros y tinta negra, y le sobró dinero para un libro y una muda nueva de ropa. Esta última la compró sobria, descolorida. En cambio, se ocupó de encontrar la más bella última edición del Frankenstein de Shelley. El lomo de cuero era resistente, y sobre él se dibujaban letras y florituras de un dorado brillante.


Cuando quiso regresar al barco este ya había zarpado y se encontró sola y desamparada, en una ciudad desconocida junto a sus libros y su máquina de escribir. Así comenzaría su segunda etapa vital, marcada por la pobreza y el robo como único medio para sobrevivir. Así continuó hasta los quince años, cuando recibió una carta anónima que le citaba en una ciudad al otro lado del océano. Se llenó los bolsillos del vestido de oro y emprendió la travesía en barco. Había jurado nunca más confiar en los hombres del mar, pero le obsesionaba conocer al escritor de aquella carta escrita con tanta pasión y belleza.


Tras veinte días de navegación llegó a la ciudad concordada, Silgard. Allí conoció al remitente de la carta, un hombre de unos cincuenta años que se hacía llamar Mika. Se encontraron en una noche de luna llena, que, aunque luminosa, ocultaba dos figuras que 

caminaban entre la lluvia para encontrarse. El hombre le ofreció un paraguas azul, y el acto se selló silencioso. Escarlata no comprendía del todo de qué iba todo aquello. En la carta, se le convidaba a una reunión de un club privado que tenía por sede el antiguo museo de caza de la ciudad, sin embargo, el punto de queda era allí, en el puerto a medianoche. 


Pronto descubriría que se trataba de una asociación ocultista. Aquel hombre era el cabecilla, y había escuchado hablar de una niña muy inteligente abandonada en una ciudad precaria más allá del mapa. Prometió que un conocido le había hablado de ella, y Escarlata pensó de inmediato en el hombre ciego del velero que la había criado y abandonado. Ella había renunciado a su pasión por la lectura y la educación, pero la vida en las calles le había afilado el sentido de supervivencia y solo buscaba una nueva manera de buscarse la vida, fuera como fuera.


En este punto comenzaría la verdadera historia, escrita por la propia protagonista de sus hechos. Escarlata se uniría al club ocultista del Pincel Azul, y allí, se convertiría en la cronista oficial, que de vez en cuando también participaba en ciertas misiones de los asociados, llamados “pinceles”. Su uniforme constaba de un abrigo y un sombrero azul cobalto, y con ellos se distinguía del resto de integrantes. Todo cambió con su primer amor. Durante su temprana infancia no había experimentado el calor y el cariño de una madre, ni siquiera había experimentado calor o cariño. Nunca tuvo a nadie a su lado, nunca tuvo un hogar al que regresar. Todo aquello cambió con Isaac, el más joven de los pinceles. Una madrugada la citó en la sala del Mamut disecado, y le pidió, con mucha curiosidad, que le narrara las historias que había escrito durante su estancia en el club.


Así comenzaría una bonita relación entre los dos cómplices, que duraría tres años. Acabó con la escapada de Isaac de la ciudad, que marchó dejándole únicamente un papiro con un párrafo escrito y su firma. Escarlata, decepcionada por el final de la primera historia en su vida que parecía tomar buen rumbo, arrugó aquella carta y juró nunca más confiar en las palabras de esperanza de nadie. No confiar en la promesa, no confiar en el amor.


Pero oh, lo que habría dado por recuperar todo aquello cuando perdió la capacidad de sentir, de amar, de sufrir. Cuando por sangre escupía tinta, y por piel un revestimiento metálico terracota. Cuando toda caricia que recibía era del papiro deslizándose por su boca, y ya no sentía ni las cosquillas, a pesar del traqueteo de las teclas pulsadas una tras otra con gran rapidez.


La historia empezaba mal y terminaba peor: Escarlata murió de hipotermia con treinta años en una misión en el norte, y despojando su alma del cuerpo físico, los ocultistas tiraron su cuerpo al océano y enfrascaron su mente y ánima en la de su vieja y preciada máquina de escribir, una Isolda 44. Pasó los siguientes años de su vida sin moverse, en su propio escritorio. En él siempre había una vela, y a su luz escribía cada noche. Por otro lado, el retrato de una mujer con abrigo y sombrero, su antiguo yo. Nunca hablaba, pero si uno de los pinceles encajaba un papel en ella, comenzaba a escribir desesperada, ya que podían pasar horas sin que se pudiera expresarse. En una ranura especial que tallaron, encajaban una pipa, y así, la imagen de una triste y silenciosa máquina de escribir se convirtió en otro de los sellos personales del club, que la mantuvieron como cronista.



LO QUE LA MOTIVA



El objetivo principal de Escarlata es convertirse como una Isolda 44 en la mejor cronista del país. Escapando del club y viajando como pueda por las diferentes ciudades, pescando historias y trabajando, finalmente, para la corte. Su motivo profundo es otro: el ferviente deseo de no caer en el olvido, de permanecer humana de alguna manera, de no volverse inanimada, ya que toda una vida de lectura y travesías había quedado para siempre atrapada en un sistema de engranajes oxidados. Adiós fantasías, adiós al sentir. Su miedo más profundo es dejar de ser vista como una humana, y quedarse echando polvo en algún sótano, abandonada una vez más.


Escarlata quiere que su metamorfosis no sea un impedimento a que su talento vea la luz. Irónicamente, morir le dio más ganas de vivir, y no poder moverse o caminar le hinchó más las ganas de llegar lejos. Si falla en su objetivo, es consciente de que nada ni nadie le sacará del olvido. Desea hacerse de valor y para ello sacrificará todo aquello que se interponga en su camino.


SU ARCO NARRATIVO


En su infancia, Escarlata es una niña inocente y buena pero seria. Nunca ha podido experimentar el cariño de una familia, y siempre se ha refugiado en los libros, de los que aprendía sobre el mundo antes de haberlo visto. Una vez allí fuera, se vio expuesta a unas condiciones que la volverían despiadada, ladrona, poco confiada y triste. Se adentraría en cualquier cosa que la sacase de la pobreza, y eso hizo.


En su etapa de adolescencia sufrió otro mazazo vital: la desaparición de su amante de la ciudad. Esto la volvería aún más fría, desganada, más desconfiada y sin fuerzas para vivir. Interiorizar el abandono fue otro de los factores que la sumieron en una profunda depresión. 

Tras fallecer de hipotermia en una misión de los pinceles, se transformaría tanto su forma física como su forma interior, para así moldearse a la forma de una tosca máquina de escribir de época. Escarlata luchará a partir de este evento por salir adelante y hacerse un lugar como cronista en el país. Recuperará la pasión y las ganas, pero teñidas de un profundo miedo de pasar a ser en la mente de todos un objeto inanimado. Llevará el perfeccionismo a otro extremo e incluso sacrificará a todo aquello que se interponga en su meta.


Tras un complejo camino, Escarlata, transformada en una Isolda 44, llegará a la corte de Wendrak tras largos viajes en barco y misiones concretas para diferentes periódicos, y tras varios años de infiltración conseguirá desmantelar una trama de corrupción cometida en la corte que la llevará, tras un largo período de opiniones escépticas sobre su condición y su magia, a convertirse en la cronista oficial de la corte, y consiguiendo el puesto y el reconocimiento por el que tanto había luchado desde su muerte.


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